Según la RAE, cáncer se define como una enfermedad neoplásica con transformación de las células que proliferan de forma anormal e incontrolada. También encontramos otra acepción que define como tumor maligno.
El estigma y sus consecuencias psicológicas de todo lo que implica ya de por sí la palabra, constituyen la razón más lógica para emplear otros vocablos distintos que eliminen ese miedo implícito ante la posibilidad letal de una enfermedad grave. Existen muchos ejemplos de esos mal llamados cánceres como son los carcinomas ductales in situ de la mama, los tumores de bajo grado prostáticos o algunos tumores de tiroides. Se sugiere que pasen a denominarse lesiones indolentes de origen epitelial (o las siglas IDLE en inglés).
Probablemente este escenario no debe conformarse con un cambio de nomenclatura. Está muy bien el hecho de llamar a las cosas por su nombre, pero probablemente haya además que definir un nuevo paradigma para este tipo de lesiones. Por un lado los profesionales tenemos la responsabilidad de hacer entender a la población el verdadero significado de su hallazgo y sopesar las consecuencias que tanto del sobrediagnóstico como del sobretratamiento se derivan.
En nuestra realidad cotidiana nos encontramos muchas veces con pacientes que presentan esas lesiones indolentes que ante su diagnóstico, demandan un tratamiento. Una vez diagnosticado el paciente de una lesión de ese tipo se entra en una rueda imparable: se opera y se te remite para darle radioterapia. Te preguntas si deberías tratarlo y cuando lo haces si lo estás haciendo bien, si era necesario tratarlo. Lo lamentas especialmente cuando se deriva alguna toxicidad no esperada. ¡Qué difícil es ponerle el cascabel al gato por muy claro que a priori y sobre el papel parezca!