La mayoría de los que pertenecemos a una cultura occidental, vivimos bajo mucha presión, competitividad, prisas e hiperactividad. El tiempo nos pasa por encima casi sin darnos cuenta y -al menos esa es mi impresión- con el paso de los años la velocidad a la que pasan los días, los meses y los años empieza a darme vértigo. Estamos inmersos en la “cultura del hacer“, de estar siempre ocupados, sin contemplar ni por asomo la posibilidad de ir despacio y de parar. Está hasta mal visto el hecho de simplemente tener momentos para no hacer absolutamente nada o de aburrirse. Nos incomoda el silencio y la espera.
Desde el alba nos levantamos a toda velocidad, muchos casi sin desayunar o tomando un café rápido. Si eres de los que tienes niños, los despiertas atizándoles con el tiempo justo para desayunar y llevarles al “cole”. Todo de una forma cronometrada y sin posibilidad de contratiempos (algún olvido, algunos mocos sin pañuelo a mano o algún vómito inesperado). Conducimos deprisa y si tenemos delante a alguien que no va a la velocidad impuesta nos enojamos y le miramos como a un torpe que no sabe ir por la vida. Vamos corriendo a trabajar donde nos espera más presión, más prisa. A veces se te exige el imposible don de la ubicuidad, de la multitarea, de la resolución rápida de problemas. Se amontonan las cosas pendientes a cumplir en espacio de corto de tiempo y te estresas porque no llegas. Acabas tu trabajo y engulles a toda prisa cualquier cosa que encuentras en la nevera. Vas a buscar a tus hijos al “cole” para llevarles con el tiempo cronometrado a las actividades extraescolares. Los recoges. Una vez en casa toca hacer deberes con ellos, preparar baños y la cena. Les cuentas un cuento (si puedes) y les acuestas. Y te vas a la cama rendida. Y así un día tras otro. Incluso muchos fines de semana también tienes tareas pendientes que hacer a toda velocidad.
Sería muy bueno y saludable apuntarnos de vez en cuando al “movimiento slow” . Me parece fantástico encontrar momentos para darse un baño relajante, tomar el desayuno con tranquilidad saboreando sus ingredientes, contemplar el amanecer, conducir sin prisas ni agobios, encontrar momentos para meditar, reflexionar, leer despacio, inspirarse, crear, escuchar música o el canto de los pájaros en primavera, comer o cenar degustando y sin prisas, conversar tranquilamente con amigos o familiares, etc. En definitiva de DISFRUTAR. Según Carl Honoré cuando reducimos la velocidad somos capaces de sentir con mayor claridad. Y si sientes más, piensas y te angustias menos. VIVIR DEPRISA NO ES VIVIR ES SOBREVIVIR.
Nuestro cuerpo cuando enferma muchas veces nos envía señales de que debemos precisamente hacer eso: PARAR. Me lo dicen muchos pacientes tras superar una enfermedad como el cáncer. Se pueden hacer muchas cosas, pero no necesariamente siempre hemos de correr para alcanzarlas. Hemos de permitirnos el hecho de HOMENAJEARNOS, de premiarnos, de hacernos felices con momentos lentos y dejarnos fluir sin más. Yo me apunto ¿Y tú?