Relato de otoño: No quedan días de verano 5/5 (1)

Ángela pidió ver a su doctora. Llevaba unos días ingresada en la planta de Oncología, abatida en gran parte por el dolor de su espalda y la falta de movilidad en una de sus piernas. Su tumor pulmonar habia respondido inicialmente al tratamiento de quimio y radioterapia, pero desafortunadamente a los pocos meses hicieron acto de presencia las malditas metástasis cerebrales, para las cuales hubo que recurrir de nuevo a la radioterapia.

Había pasado algo más de un mes desde la última vez que nos vimos. Esta vez venía por una lesión dentro de la parte final de su médula espinal que era la que le estaba dando guerra. Ángela fue bajada por una celadora en su propia cama a una antesala cerca del TAC-simulador. Estaba recostada de lado y tapada por la sábana hasta casi la nariz. Se emocionó al verme y aquella mirada me lo dijo todo sin decirme apenas nada. Comprendí que necesitaba que le tocase, que le cogiera de la mano, que le sonriera o que le hablase de cualquier cosa que le hiciera olvidar que estaba malita. Observé que llevaba las uñas pintadas del mismo color que las mías. Se lo hice saber como gesto de coquetería y complicidad mutua. Ella me premió con una gran sonrisa, ofreciéndome sus manos y empezó a hablar de que fue su hija las que se las pintó y de ahí derivó la explicación de cómo le estaba cuidando. Lo decía con ternura y orgullo, pero también con mucha pena por dentro.

Me confesó que le dolía dejar a su única hija sola, pues su padre había fallecido hacía unos meses. Ángela era consciente de lo que tenía encima, no tenía miedo a despedirse. Sin embargo, le dolía abandonar a su hija con veintipocos años y ese dolor le impregnaba los ojos de unas lágrimas inconsolables. Ella compartió ese dolor conmigo durante unos minutos. Yo me senté en su cama y me quedé escuchando su historia sosteniéndole la mano. Conozco el valor de ese tiempo junto al enfermo y aunque por desgracia poco pueda hacer por Ángela, no quiero privarla del consuelo que necesita, así que se lo doy de mil amores.

Ángela, al igual que muchos enfermos en su situación se sienten profundamente solos y no quieren, porque entienden que no es justo, expresar o compartir todo el sufrimiento que llevan dentro con sus seres más queridos. Necesitan expresarlo con alguien que les escuche sin juzgarles, que les libere de ese dolor emocional y que les trate con afecto, respeto, amabilidad y cariño. Sé que esto forma parte de mi trabajo y es tan importante como el rigor científico de los tratamientos aplicados.

Para Ángela este habrá sido su último verano. Y por ahora, a su doctora ya no le quedan más días de verano.

Por favor, valora el artículo

Relato de verano. Huele ya a otoño.

Los días se acortan. El cielo sigue siendo azul, pero con una tonalidad diferente, que podría anunciar alguna tormenta. La brisa se convierte en viento. Se intuye un cierto olor a otoño. Agosto se despide para dar la bienvenida a Septiembre. El verano parece dar a su fin, pero aún quedarán veranillos con nombre de santo: San Miguel y San Martín.
Toca volver al tajo. También pronto se inicia la archianunciada vuelta al cole. Dicen que al volver hay que prevenir el temido síndrome post-vacacional. Vaya tendencia enfermiza tenemos en llamar con nombre sindrómico a un natural proceso de adaptación al trabajo tras unos días de descanso.
El cáncer, sin embargo, no conoce para desgracia nuestra de vacaciones. Precisa de un esfuerzo continuado. No crean que temo a enfrentarme a la vuelta. Quizás tema más a la vuelta al cole y el sempiterno problema de la irreconciliación familiar, pero ello daría para otro ‘post’.
El nuevo curso se presenta con la apertura en Septiembre de un nuevo Servicio de Oncología Radioterápica y con él nuevos desafíos: una mudanza, aprender en un entorno nuevo, integrarse a la fría estructura de un nuevo hospital, etc. Ilusiones, sueños y ganas, aunque siempre habrá alguien con intención de quitármelas. Es posible que puedan recortar e el sueldo, burocratizarme más aún, aumentarme la presión asistencial, incluso existe la posibilidad de que puedan desestatutarizarme, laboralizarme o privatizarme. Pero nadie podrá recortarme jamás el alma o la dignidad. Señores, esos fueron enteros siempre míos.
Video de Passenger: Let her go

Por favor, valora el artículo